lunes, 11 de enero de 2016

VENTANAL

       Cae sobre el ventanal de casa las primeras gotas de una lluvia que hace días se está haciendo esperar.  Gotas necesarias tras un calor infernal.
       El mismo ventanal que da a la calle, el que dibujó infancia en sus vidrios empañados de hambre.  Sí, de hambre  y sed de sonrisas honestas sobre la acera, de manos estrechándose. Y pienso como una mano, en el trayecto justo a ser estrechada  ¿Cuánto hay de convencional en el gesto? ¿Cuánto de genuino?
      Caen las gotas, la lluvia progresa, al principio tenue, después constante. Se vuelven a empañar los vidrios mientras preparo el café.
      Vuelvo.
 Caen las gotas sobre la base como suicidándose.  Algunas despacio, otras de repente.
     Todos somos gotas.
 Armo un puño con la mano y despejo el vapor, para seguir viendo, o mejor expresado, observando, que no es lo mismo.
   - No limpies el vidrio así, se mancha, agarrá un trapo y limpiálo bien- oigo en mis pensamientos. Siempre me lo decía mi madre, pero hay formas infantiles que no cambian con los años, que no cargan culpa.
  Tomo un sorbo de café.
Y soy como la gota que cae, siempre me debo a la lluvia, cuantas gotas juntas y próximas escapándose, queriendo ser nada. Porque todos somos nada, siempre queriendo ser algo.
¿Qué vamos a ser? ¿Qué somos? ¿Queremos ser algo? ¿Para qué? ¿Estamos en derecho al no querer ser algo?  El café de más caliente me advierte, ni bien se posa en los labios, que me convendría dejar de pensar.
  Pero continúo.
Vuelvo a despejar el vitral humeado con el puño. Mi puño. Son pocas las veces en que formo un puño con la mano, casi nunca es para luchar.
Y mientras medito: ¿Qué estará haciendo el vecino de enfrente? ¿Se entusiasmará con las gotas como yo lo hago? ¿Qué hacen las demás personas en este preciso instante? ¿Soy el único que desvaría en cárceles mentales en días como estos? Me digo a mi mismo: Juan, deberías dejar de rumiar pensamientos vacíos.
  Y sí, me siento vacío, como si conociera el final de la historia, que para todos es igual.

   Camina el perro por la calle, mojándose, siempre mojándose, con el misterio de su existencia a cuestas como los arboles, como las rocas. ¡Qué fantástico sería ser roca y dejar de escarbar en las necesidades del alma!
  A veces pienso que el cerebro humano es un error de evolución.

  Veo el cuadro de Jesús sobre el sillón de mimbre, me lo regaló mi abuelo, un veterano de guerra, mal llamado veterano, apenas tenía 19 años cuando lo mandaron a combatir. A luchar por la “Patria”, su patria era su familia y amigos, los chicos del barrio, el vecino, el cantinero que le servía algún trago a escondidas porque aún no era mayor de edad. Le quitaron un sueño y le dejaron mil agonías, vaya a saber quién, su memoria cansada le dice que no es momento de buscar culpables.
Y Jesús me mira.
Y yo también soy Jesús.
Cargando la cruz constante de todos los mortales: la existencia.
Diciendo: “Perdónalos no saben lo que hacen”.
Redimiendo culpas, arrepintiéndome.

Yo también soy Jesús.

Pero porque nací después, porque no estuve en el momento preciso, históricamente no lo soy. Además de que no soy nada. Yo también hubiese dado la vida por los míos, a mí también me hubiese gustado impartir sabiduría, brindar ayuda, pero nací en el ´90, fue sólo una cuestión temporal.
Pero yo también soy Jesús.

  Soy todos los pensadores que tuvieron el descaro de nacer antes que yo, de escribir libros en el nombre de todos, de crear conciencia con sabiduría existencial. Me vuelvo a decir a mi mismo: es sólo una cuestión temporal.
  Pero yo soy Kant, Nietzsche y Freud.
  Aunque hay una gran diferencia: ellos tuvieron la voluntad.

  Varios me dicen que soy joven, pero hace rato que saqué bandera blanca. Sé que soy capaz pero no tengo propósito, me siento acabado, adivinando el desenlace, pensando que va a ser de mí, aún desconociéndome, tratando de encontrarme ajustándome a un itinerario, a un trayecto marcado, anunciado por todos menos por mí. Pero aún tengo la consciencia. ¿ La tengo?
Soy consciente de que soy consciente, como un espectador de mi mismo, con todas las luces y la objetividad, pero sin el empleado que mueva el rollo de película.
  Café, ¡Cuánto le debo al café! A veces me hace sentir pudiente, y no necesariamente por la energía. Mientras lo tomo sé que allá afuera, incluso a pesar de la lluvia, siempre hay alguien más animándose, tomando el primer lugar en lo que me corresponde, porque siempre seré Juan, el pibe más joven del barrio pero al que le falta condiciones.

  Algunos nacemos para el segundo lugar.
Yo que amé, que sufrí, que odié, que intenté, que viví, estudié, me arrepentí, que crecí soñando en un progreso seguro me encuentro hoy con falta de capacidades.
 Acabado.
 Perplejo ante la incertidumbre.
 Con miles de sueños posibles y un ansia inmenso de revolución.
 Pero no, sigo tomando el café, y mientras sale el sol dibujando un arcoíris me incorporo, trato de palpar la realidad, entiendo: el éxito sólo es de quién se anima a conquistarlo.
 El sol acaba de salir por completo, y a este caudal de pensamientos se lo debo al ventanal.



(Todas las imágenes son sacadas de Internet)





Sofía Barreiro.

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