LA RELIGIÓN DEL AMOR
Levanto mis catedrales, pinto las paredes con mis propios
personajes.
La religión del amor.
Me entrego a ese “algo” que me hace ser cada vez más fuerte, que no me permite
bajar los brazos. Las culpas y los malos tratos no forman parte de mi religión.
Me entrego a la filosofía de que hay una justicia omnipotente que maneja los
hilos. Un carácter omnipresente que busca el equilibrio entre mi voluntad y la
tuya. Podes llamarlo Dios, Universo,
Energía, la mía es simplemente la religión del amor.
Levanto mis monumentos (que no tienen cara), sólo la de los hombres mismos,
sólo las de la gracia. Mi bautizo es andar las calles de la experiencia, llenar
con bondad todo lo que echo en falta. Me entrego al pensamiento del milagro,
que no es más que el mérito humano al entrar en acción, porque a pesar de lo
solidario nadie te regala nada.
Elevar un rezo es mi inspiración. El receptáculo que acumula la oración no es
más que uno mismo aceptando los miedos, mandando una señal de vulnerabilidad al
inconsciente colectivo. Descanso en la reflexión de la religión del amor. La
mía no hace diferencia de géneros, la mía no castiga si existe la verdadera redención.
Todos somos uno sin dejar de ser individuos en el misticismo del afecto.
Construyo mis ideales aceptando la moral de la liberación, leyes que no están
escritas en ningún libro. No hago lo que no me gusta que me hagan, admito
cuando cometo un error.
No acepto más de lo que los años no conocen, no sigo una regla que me ate a una
idea, sólo la de la religión del amor.
Y es permanecer vigente mi propia meditación, es no ser indulgente en la
tercerización. A las limitaciones las pone el hombre, no mi religión, y el diablo
no es más que el que cobra entrada al infierno, un gran marketinero de su propia devoción.
(Todas las imágenes son sacadas de Internet).

